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Festividad del Corpus Christi

Si Dios baja, hasta la mesa del altar, es para que nosotros luego descendamos –junto con El y por El- a los innumerables altares del mundo donde se sacrifican ilusiones y esperanzas, sueños e inquietudes.

El Cuerpo y la Sangre del Señor, no pueden quedarse en la invisibilidad de las cosas y de los acontecimientos. Sus amigos (y esos amigos somos nosotros) tendremos que dar el “cuerpo” y ofrecer la “sangre” a un evangelio que siendo conocido por muchos no es vivido por tantos como pensamos ni creemos. Tampoco, en toda su perfección, por nosotros mismos.

¿Quién no recuerda aquella famosa historia del Cristo sin brazos?

No podemos olvidarnos de las personas que no tienen rostro porque les ha sido arrebatado su honra o de aquellos otros que no tienen brazos porque los han dejado mutilados sin derecho a réplica ni defensa. El Cristo sin brazos, en esta festividad del Corpus, es un Cristo que, cuando lo comulgamos, se sumerge en nuestras entrañas para que formemos parte se su cuerpo. Es entonces, cuando automáticamente, nos convertimos en nuevos cristos para un viejo mundo que necesita, aunque no se de cuenta, de un alimento que lo aleje de la extenuación física y psíquica a la que está sometido.

¿Somos de verdad el cuerpo del Señor allá donde estamos?

¿Dicen de nosotros, por nuestros modos y maneras, actitudes y palabras, éste se nota que es cuerpo de Jesús?

¿Preferimos el anonimato y el camino fácil, el aplauso de los medios, la falsa discreción antes que dar la cara en aquellas situaciones que requieren nuestro anuncio o denuncia?


La Solemnidad del Corpus Christi
nos trae a la memoria la comunión con Jesús y la comunión con los hermanos. No podemos contentarnos exclusivamente con unas carantoñas y besos, miradas perdidas o halagos ante un Cristo bonito. No podemos caer en la tentación, en este día del Corpus,  de reverenciar al Señor que sale a la calle en histórica custodia o acariciarle con una lluvia de pétalos. A continuación, y después de eso (que está muy bien) hemos de dar el siguiente paso de rescatar y recuperar el cuerpo de su mensaje y de su acción evangelizadora: que todos los hombres, especialmente los más pobres, descubran la presencia de un Dios que ama con locura. Y los pobres, sobre todo en la situación que nos preocupa, son ciudadanos que viven como si Dios no existiera, cristianos que han sido bautizados y viven como si no lo estuvieran, creyentes que formaron parte de la gran familia de la Iglesia y que se han vuelto en su contra, representantes que, en su torpeza  e intolerante progresismo, se mofan injustamente a los pies del Santo Sepulcro de Jerusalén de los símbolos de la Pasión de Jesús. Éstos ¿
acaso no son pobres?

Solemnidad del Cuerpo Christi. Es el día de los que formamos esa gran familia de los hijos de Dios. Estamos llamados a manifestar públicamente (la procesión del Corpus es una manifestación de fe, pero manifestación) la gran riqueza que muchos se pierden todos los domingos, el gran memorial que Jesús nos dejó en Jueves Santo, el gran milagro que –todos los días- tiene lugar en miles de altares, la gran fuerza que expulsa toda debilidad, el gran misterio que nos va abriendo puertas para un entrar cara a cara y hablar de tú a tú con el Dios que nos salva.


Fiesta del Corpus Christi. Con este pan, hoy sobre todo, nos crecemos, nos hacemos los valientes, para no cejar en nuestro empeño evangelizador. En este día, mirando a Jesús Sacramentado, desaparece el egoísmo (que es la ausencia de Dios) y reaparece la caridad (que es el latir del corazón de Dios a favor del hombre).

Si "no comprometerse" ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso (Juan Pablo II, Christifideles Laici 3).

No es que Cristo esté oculto en el mundo. Es más bien al contrario: muchos cristianos permanecen tan ocultos en la política y en la familia, en la empresa, en la cultura, en los organismos donde se toman ciertas decisiones etc., que, es entonces, cuando Cristo enmudece, se paraliza y se hace invisible, no por El, sino por aquellos que somos su cuerpo y nos resistimos a movernos y presentarnos en su nombre.

La custodia labrada en oro o de plata, volverá al museo sumida en un letargo que durará todo un año. Los cristianos, por el contrario, como “custodias de carne y hueso”, lejos de dormir, seguiremos llevando a Cristo y pregonándolo a los cuatro vientos todos y cada uno de los días del año. Aunque que no nos echen pétalos.

Javier Leoz

 

 
 
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